Natalia Dicenta & Vicente Borland Quintet
La vi en El Central a primeros de mayo y “lo flipé” (¿se puede empezar así un texto serio para un festival serio de jazz?). Concluí, –y perdón por ser tajante en mis afirmaciones y por haber empezado hablando de mí-, que no hay voz de mujer que en España se arrime al jazz como ella. Me pregunté al final en cómo cantaría ese repertorio descomunal si en vez de haber nacido en Madrid, lo hubiese hecho en ¿el Bronx? ¿Nueva Orleans?
Es que las cantantes de esos lugares fantásticos donde se “inventó” el jazz, llevan mucha ventaja a las de otras latitudes. Lo acarrean en la sangre, lo maman de la teta de sus madres y desde pequeñas lo celebran en casa y en la calle con un sinfín de melodías y ritmos que les entra por todos los poros de la piel.
Natalia Dicenta juega en desventaja. Sí, vale, ella me lo ha dicho muchas veces: en su familia adoraban el jazz cuando era pequeña y también mamó de sus discos grabados. Pero no era lo mismo. Salía a la calle, y el mundo era diferente a ¿el Bronx, Nueva Orleans?
Sin embargo, apenas se nota. Su voz blanca -¿es que sólo van a valer las gargantas negras?- se anegra cuando ella quiere (¿se puede decir “anegra”?). Y su inmenso sentido del espectáculo –ya se sabe, es actriz, hija del teatro- le hace escoger unas canciones enormes en las que, además, se pone a prueba a cada instante. Vale, en la elección del repertorio también ha intervenido el eximio pianista panameño Vicente Borland, a la sazón director “espiritual” y musical de la Dicenta cantante, pero ella ha dejado su impronta y se nota que ha marcado muchas de las pautas en la búsqueda de ese tesoro musical que uno encuentra en sus conciertos. No se pierdan en Ezcaray, por poner sólo un par de ejemplos, el tempo distinto que le da al Summertime de Gershwing, o cómo suspende (de dejar colgada como en el aire, no de no aprobar) y ralentiza la nota del Ain’t no way, el baladón con el que estremeciera al mundo hace unas décadas la gran Aretha Franklin.
Estaría horas destripando el contenido de los recitales que hace ahora Natalia, en su vuelta a la música y al jazz tras unos años girando con obras de teatro. He dicho que la vi en mayo y lo flipé, porque aparte de la emoción que pone en su voz en cada una de sus recreaciones, –eso, recreaciones, porque suenan como piezas nuevas, no como versiones-, es fantástico oírla explicar cada canción antes de cantarla. Te habla de Fred Astaire, de Cole Porter, del Over The Rainbow, de Jerome Kern o de Billy Joel con una familiaridad asombrosa, y con una pronunciación tan americana que realmente sí parece del ¿Bronx, Nueva Orleans? Ahí es Natalia es estado puro: pelín sofisticada y fascinante, pelín presumida, pero muy cercana y sincera. Campechanía y glamour no están reñidos. Natalia disfruta y se emociona con sus canciones. Y se gusta, y ama a sus músicos, y respeta profundamente a los que vamos a escucharla.
Es un momento de intimidad: los músicos brutales la amarran a la tierra; ella sobrevuela con su voz de terciopelo y sal y a los de abajo del escenario se nos queda como una carita de bobos. No es del Bronx ni de Nueva Orleans, y qué importa. Hace tiempo que ella también se afanó a lo del derribo de fronteras. Es magia… y lo canta todo de forma tan bárbara que, ¿yo qué sé?, hasta los Gershwing saldrían de la tumba si la oyeran.
Fernando Íñiguez (El País, R3…)


Estoy totalmente de acuerdo, es fascinante oirla cantar, a ver cuándo podemos disfrutar de su voz grabada en un disco o en una gira a nivel nacional.